Lechugas convertidas en materiales industriales ecológicos alternativos al plástico o la madera, brócoli que mantiene los alimentos en perfecto estado, frutas y hortalizas que son detergentes o bioplásticos hechos con plátano. Puede sonar a ficción, pero son realidad gracias al trabajo de centros de investigación y empresas.

Alrededor de 1.300 toneladas de alimentos se pierden en el mundo. La mayor parte de ellos -en torno al 50%- se desperdician en su cadena de valor, mientas que aproximadamente el 40% de la pérdida se produce ya en el propio campo porque tienen alguna imperfección por la que no se pueden comercializar, en su transformación se emplea solo una parte… Son residuos que suponen un problema medioambiental, pero que también generan costes porque deben ser tratados.

Es un problema en el que centros de investigación y empresas vienen trabajando para poner en valor esos residuos alimentarios para que se puedan utilizar en la propia industria agroalimentaria o bien en otros sectores de actividad, además de avanzar en una mayor sostenibilidad.

Son residuos que no deben verse como tales porque tienen muchas propiedades y múltiples usos que, aunque parezcan increíbles, empiezan a ser una realidad. Algunos ya se utilizan en productos que están en el mercado, mientras que otros llegarán próximamente a raíz de líneas de investigación que ya han dado resultados y que se han podido conocer el foro Cajamar Food¬Future, organizado por Cajamar, en colaboración con la Universidad de Zaragoza, el IA2, el CITA, y el Cluster de Empresas Agroalimentarias de Aragón. Son soluciones de economía circular que, además, se están convirtiendo en fuentes de ingresos y en líneas de negocio o una nueva economía para la empresa que, incluso, pueden llegar a desbancar en el futuro a la actividad inicial.

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Grupo García Carrión lo sabe bien porque las pieles de naranja y restos de esta fruta que quedan tras exprimirla para hacer los zumos tienen un gran valor. Su planta en Huelva -con una capacidad instalada equivalente al 40% de la producción nacional-, no genera prácticamente ningún residuo orgánico. Por ejemplo, «la piel de naranja se emplea para producir alimentos para animales. Un proceso que permite extraer también D-limonemo, que es un potente desengrasante bio que se destina a productos de limpieza. Además, la peladura de naranja se utiliza para obtener aceites esenciales y el azúcar que contiene permite realizar botellas de bioplástico. «La piel de naranja tiene muchos usos. Algún día el zumo será un subproducto», señalaba Antonio Morenos. Y eso no es todo porque las ramas de los naranjos se emplean como biocombustible y también se cierra el ciclo del agua para su reutilización.

Beneficios de los subproductos también obtiene Indulleida (representan cerca del 10% de su facturación), que trabaja con las pieles, corazones o pulpas de frutas para tener «fibras solubles que se aplican en líquidos para mejorar las dietas bajas en fibra», indica Antonio Cruz. La empresa obtiene a su vez aceites esenciales, azúcares y polifenoles, así como extractos aromáticos naturales para alimentación y cosmética. Novedosa es la extracción de un extracto de la corteza de pino que, en el zumo de naranja, alarga su vida útil, manteniendo las propiedades organolépticas.

Una lechuga puede ser mucho más que una ensalada o el acompañamiento de un plato combinado. La empresa Feltwood desarrolla tecnologías para producir materiales industriales ecológicos -100% de fibras vegetales-, alternativos al plástico y a la madera, siendo una solución a, por ejemplo, el uso de los productos plásticos que, si no se reciclan, tardan alrededor de 1.000 años en descomponerse. Un problema de salud y medioambiental, que se solventa con las fibras de productos «como las lechugas, alcachofas… Trabajamos con 30 residuos naturales para estos materiales biodegradables, biocompostables y reciclables», afirma Óscar de Diego, quien añade que estos materiales pueden tener diferentes características, aunque principalmente se están demandando para bandejas para uso alimentario.

Y el plátano de Canarias es otra fruta que sirve para mucho más que comérsela. En Tecnopacking, que nació fruto del emprendimiento en el centro tecnológico AITIIP, trabaja en proyectos para obtener materiales biodegradables. Las fibras y proteínas del plátano son objeto de estudio para realizar aditivos para bioplásticos con el fin de producir un film reforzado, más sostenible y que se use para bolsas de pienso para peces o fundas protectoras de la bananera. Este centro también investiga para la puesta en valor del brócoli, granada, almendra, el maíz o el limón para «extraer ciertas partículas para materiales bioplásticos y aditivos o colorantes para productos finales en la cadena», empleándose para su aplicación la tecnología de impresión 3D, expone Berta Gonzalvo. Un sistema que sería útil para la industria de automoción porque permitiría que los materiales plásticos del coche puedan personalizarse con el color u olor que desee la persona -FIAT se ha interesado-, pero también tiene funciones para la fabricación de moldes y utillajes para lo que se trabaja con Acciona.

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El brócoli es otro de los productos que tiene otra vida. La empresa Ingredalia ha conseguido obtener, a través de subproductos de esta verdura, brasphenol y sulforaphan-smart que actúan como antioxidantes, preservando la vida útil de los alimentos. Además, mejoran el sistema inmune del cuerpo humano. Y la industria cosmética es uno de los destinos de los polifenoles que se extraen de los hollejos de la uva y que tienen un gran poder antioxidante. Una línea de actividad está última que se lleva a cabo en Matarromera y con la que ya han conseguido facturar un millón de euros. Pero, además, los compuestos fenólicos también tienen la particularidad de intensificar el sabor de los platos, siendo muy demandados en alta cocina. Esto tiene ventajas como poder comerse una trufa con un 4% menos de grasa al reducirse la cantidad de cacao, pero sin perder sabor. Principios activos como el eminol han ayudado a bajar el colesterol. Además, se ha visto que «tienen una cualidad interesante: disminuyen el nivel de azúcar en sangre», añade Carlos Moro.

Y, aunque todavía hay reticencias para comer insectos en España a diferencia de otros países en los que forman parte de la dieta desde hace años, ahora empiezan a ponerse de moda y también se está trabajando en este sector. La empresa Insectopia explora y explota el potencial de los insectos y sus derivados como fuente de proteína alternativa para alimentación, por ejemplo, en animales. Un informe de la FAO «habla de los insectos como alimentos y proteína alternativa ante el aumento de la población a 9.700 millones de personas en el año 2050. Compiten en calcio y hierro con un filete de ternera», incide Ana de Diego, quien añade que la cría de insectos «es economía circular porque se come el desperdicio alimentario y da proteína, que es un alimento seguro al ser animales de sangre fría y haber menos probabilidades de transmisión de enfermedades». Además, su producción -no se necesitan grandes superficies-, tiene ventajas como un menor impacto ambiental, menos huella hídrica y emisiones de gases de efecto invernadero.

Fertilizantes, biomasa y más

La economía circular no solo se aplica en el sector de las frutas y verduras. Los fertilizantes son otro de los campos de investigación. La empresa Fertinagro utiliza materias primas para la producción de sus fertilizantes. «Como no tenemos materias primas, las encontramos en subproductos con los que no se sabe qué hacer. Generalmente, son de la industria alimentaria. Nuestros proyectos de investigación están dirigidos a ver cómo esas sustancias se aplican en agricultura», explica Ignaci Salaet. Por ejemplo, las matas se pueden procesar para abonos orgánicos. Es una línea con la que se ponen en valor esos residuos, pero que también benefician al sector porque se llega a reducir el consumo de fertilizante en el campo en un 50%. «Normalmente, extraer materiales no es competitivo, solo lo es si el fertilizante es más eficiente».

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Y aprovechar los recursos que se tienen alrededor y optimizar el funcionamiento de las propias instalaciones son la base del proyecto llevado a cabo en la Cooperativa San Miguel de Tauste, que se ha centrado en utilizar la biomasa como fuente de valor para la propia cooperativa. «Tenemos una deshidratadora que está cinco meses parada porque no hay producción de forraje, pero tenemos unas 60.000 toneladas de biomasa alrededor que no se usaba», añade Jesús Abadías, de Cooperativas Agroalimentarias de Aragón. Con el apoyo del CIRCE y de Cooperativas Agroalimentarias, se ha puesto en marcha un proyecto centrado en residuos herbáceos -es el de mayor potencial en la zona y se puede trabajar con precios más competitivos- para «aportar valor a los socios de la cooperativa y al área de influencia». Esta cooperativa se convierte en centro logístico de biomasa para autoabastecerse y proporcionar también recursos como fuente térmica. También se plantea el desarrollo de un pelet combinado con madera (36%) -para evitar el problema de las cenizas con la paja de cereal a consecuencia de la tierra-, que se quiere introducir posteriormente sin proceso de granulado en una caldera de biomasa para combustibles agrarios y forestales. Esta caldera supondrá una amortización de 450.000 euros en siete años.

Los residuos ganaderos procedentes de Central Lechera Asturiana tienen otra vida útil. Biogastur los pone en valor en la central de cogeneración y planta de fertilizantes, produciendo electricidad para el consumo de las propias explotaciones ganaderas o en fertilizantes sólidos y líquidos.

¿En qué se está investigando?

Los centros tecnológicos y de investigación están siendo claves para aprovechar los residuos de la industria agroalimentaria y ponerlos en valor. Diversas son las líneas que hay abiertas. La Universidad de Zaragoza investiga para poner en valor residuos de frutas tropicales -por ejemplo la piel del rambután que es la que más compuestos fenólicos tiene-, siendo un grupo de alimentos que genera bastantes residuos (un 70%), aparte de trabajar en atmósferas controladas para que la fruta no pierda calidad y se pueda transportar. Los compost funcionales, así como el aprovechamiento de destríos para que sean un producto de valor utilizado en la industria son líneas que se desarrollan en el área de innovación agroalimentaria de Cajamar para generar aditivos para sustituir a los sintéticos, aparte de trabajar con las microalgas para aprovechar su potencial para alimentación humana. En AIMPLAS, se emplean los subproductos para disponer de compuestos biopoliméricos. Ya se ha conseguido un material biodegradable y un film segunda piel para el calabacín, así como mallas para el envasado de alimentos en las que se han empleado azúcares fermentados del melón y la sandía.

El brócoli para obtener antioxidantes para cosmética o alimentación para reducir la pérdida de alimentos o disponer de un compuesto bioestimulante para el sector farmacéutico son resultados logrados en Tecnalia, donde se trabaja con residuos sólidos urbanos, agroalimentarios, hortofrutícolas, cárnicos, de podas y talas de árboles para construcción, cosmética o farmacia, entre otros sectores que pueden utilizarlos. Y una línea muy novedosa es la que se lleva a cabo en AINIA donde se está transformando el proceso de digestión anaeróbica en uno más complejo dentro de un modelo de biorrefinería, que es la principal herramienta para pasar de una economía lineal a circular, poniendo el foco en transformar el residuo en biogás, fertilizantes, productos químicos o aditivos para alimentos.

Eva Sereno / El Economista.