Por miles de años, familias enteras participaban de la ardua tarea de recolección de las espigas de maíz en jornadas que se extendían desde la salida del sol hasta su ocaso. Las espigas se guardaban en unos sacos cilíndricos de lona llamados “maletas”, cuya parte inferior era de cuero para que resbalaran con más facilidad por los surcos. Cuando se llenaba, los juntadores las vaciaban en una bolsa rastrojera que era recogida por un colono, generalmente con una chata tirada por caballos. Un guinche permitía vaciarlas en silos de alambra llamados troja.

El maíz se desgranaba a mano frotando una espiga con otra. Recién en el siglo XX aparecieron las desgranadoras mecánicas. Tomaban las espigas de las trojas y separaban el grano de los marlos y la chala. El grano se vendía en bolsas y los marlos se utilizaban en el campo para calefacción y cocción.

Entrados los ´60 la floreciente economía del petróleo llegó al campo y es sistema cambió rotundamente. Aparecieron las cosechadoras automotrices con una capacidad de trabajo enorme. La energía pasó a ser barata y los marlos y la chala ya no eran necesarios.

En pocos años el sistema logístico de cosecha, transporte y almacenamiento de granos cambió por completo. La electrificación y el gasoil permitieron pasar de una logística de bolsas, altamente dependiente de mano de obra, a una logística a granel mucho más barata. El corolario fue el invento de la silobolsa. No solo permitió al productor almacenar sus granos a muy bajo costo, y evitar la congestión de los acopios y puertos en época de cosecha, si no poder comercializar su producción en cualquier momento del año.

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La revolución de los alimentos

Pero sabemos que “la economía del petróleo” tuvo un alto costo en materia medioambiental. El “calentamiento global” obliga a una transición urgente hacía una economía baja en carbono. Así aparece este nuevo enfoque de “Bioeconomía”, que puede entenderse como la producción de bienes a partir de recursos biológicos. Bajo este concepto nació la industria de biocombustibles. El reemplazo de combustibles fósiles por biocombustibles se ha convertido en la alternativa más ventajosa para descarbonizar el transporte. Pero también hay grandes oportunidades para la utilización de los residuos de cosecha.

En el caso del maíz, los volúmenes de biomasa provistos por marlos y chala promedian un 20% del peso de grano, que representa a su vez el 50% de la biomasa total. Es decir, apenas el 10% de la materia seca total generada por el cultivo. Extraerlos para su aprovechamiento no supone un riesgo al sistema de cobertura del suelo y su potencial para la generación de energía es enorme. Dos kilogramos de marlos tienen el mismo poder calórico que un metro cúbico de gas o un litro de gasoil. Así nacieron dos proyectos que lograron la adjudicación a través del programa Renovar para generar electricidad a partir de los marlos descartados en los semilleros de Rojas y Venado Tuerto.

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El foco puesto en el agregado de valor

Sin embargo, el desafío es poder extraer y trasladar los miles de toneladas de marlos que quedan en los campos. Esto requiere de soluciones innovadoras y un replanteo de la logística. En Estados Unidos la cooperativa de Chippewa Valley utiliza 300 toneladas de marlos para generar la energía necesaria para alimentar su planta de etanol. Para recolectarlos del campo han ideado diferentes metodologías. La más simple es confeccionar fardos con el rastrojo, pero tiene el problema de la contaminación con tierra, que es un problema para las calderas o los sistemas de biodigestores. Han ideado también sistemas que se acoplan a la cosechadora que recogen la cola. El material es mucho más voluminoso y liviano que los fardos, lo que implica un alto costo de transporte.

Más allá de la energía, los materiales celulósicos van encontrando nuevas aplicaciones en industrias como la construcción y la industria química. Los avances en biotecnología aplicada dan origen a nuevos productos casi a diario, despertando un gran interés por los rastrojos.

El transporte, manipuleo, dosificación y descarga de biomasa requiere de soluciones especiales. Desde Helvética, la empresa líder en la fabricación de acoplados, cuentan que los acoplados de pisos móviles han logrado muy buenos resultados en el transporte de biomasa y ya se está empleando tanto para transportar maíz picado, como chips de madera. A fin de seguir optimizando la tecnología, vienen realizando “Mesas de Trabajo” convocando diferentes actores del sector público y privado para compartir experiencias y buscar nuevas soluciones.

Hoy, como hace 50 años, nos encontramos en la antesala de un nuevo paradigma productivo. El de la bioeconomía circular. Donde la producción de biomasa y la revalorización de sus residuos, como el de los rastrojos, obligarán a replantearse los sistemas productivos. Entre ellos el agro y su logística asociada. Se vienen momentos fantásticos.