La banana es la fruta más popular de los Estados Unidos. La compra casi el 70 por ciento de la población por varias razones: son sabrosas, llenas de potasio y dan saciedad. Además, son portátiles y vienen en su propio empaque. Ah, y son baratas, casi increíblemente baratas.

Extrañamente, se paga menos por las bananas que por productos duraderos y fáciles de transportar que se producen a menor distancia. Teniendo en cuenta que la fruta es delicada, intensamente perecedera, vive no más de dos semanas una vez cortada del árbol y se envía desde miles de kilómetros de distancia en contenedores refrigerados, es impensable que cueste menos que las papas blancas o las zanahorias.

Se venden a US$ 1,40 por kilo en el comercio minorista, según la Oficina de Estadísticas Laborales de EEUU. Incluso las cebollas amarillas secas, que pueden durar de dos a tres meses en la despensa, cuestan a los estadounidenses casi el doble. Pero ¿por qué sucede esto?

Parte de la respuesta se encuentra en los minoristas quienes venden bananas de forma rutinaria con un margen de beneficio fraccionado, o incluso ocasionalmente con pérdidas. Pero ese bajo costo tiene un precio.

Según un informe de 2018 de Fairtrade International, una organización sin fines de lucro y certificadora que aboga por los productores agrícolas en los países en desarrollo, la producción moderna de bananos causa una serie de problemas sociales y ambientales, desde la falta de pago crónico de los trabajadores y el acoso laboral, hasta la pérdida de hábitat y la contaminación del agua.

Los costos que no se pagan en la caja registradora, alrededor de US$ 6.70 por caja mayorista de 18 kilos, según el informe, se externalizan a los pequeños agricultores y los empleados de las plantaciones de bananos, y a la tierra misma.

Estos problemas podrían evitarse, reducirse o compensarse a través de acuerdos que aumenten gradualmente el precio de las bananas. Pagar unos centavos más por kilo beneficiaria a los trabajadores y las granjas.

Este modelo ya existe, pero, según las fuentes, es difícil implementarlo, en este caso, por la competencia entre las verdulerías. Los minoristas simplemente no pueden aumentar los precios de la banana a más de US$ 2 por kilo sin perder clientes, incluso si ese precio es más justo para los trabajadores y mejor para el planeta. Están controlados por un poderoso electorado con una enorme influencia política y demandas irrazonables: los consumidores.

El costo de la mayoría de lo bienes, desde el petróleo hasta una suscripción a Netflix, cambia inesperadamente de vez en cuando. Pero el precio de las bananas parece permanecer notablemente estable, casi por arte de magia.

La rigidez de los precios se debe, en parte, a los contratos que la mayoría de los verduleros firman con los mayoristas, Según Jeff Cady, director de productos y flores para la cadena regional de supermercados Tops Markets.

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Pero los contratos no explican completamente por qué el precio de las bananas es más bajo hoy que hace una década. Esa continua presión hacia abajo resulta del propio apego inusual a la fruta. Es una relación que se remonta a más de 150 años.

Los estadounidenses comenzaron a comprar bananas durante la era de la Guerra Civil, cuando se parecían mucho más a la palta de hoy: un lujo costoso, uno que todavía varía ampliamente en frescura y calidad. En su libro Bananas: An American History , Virginia Scott Jenkins escribe que los estadounidenses normalmente pagaron un centavo por cada plátano durante ese período, el equivalente a unos dos dólares en 2019, aunque, como las paltas de hoy, a menudo se vendían demasiado maduros y tendían a echarse a perder rápidamente.

Todo eso cambió a fines del siglo XIX. En unos pocos años, un puñado de empresarios construyeron una cadena despiadada de suministro que puso los plátanos al alcance de la mayoría de los estadounidenses. «Lo hicieron desarrollando una fórmula que los conglomerados de bananos todavía emplean hoy en día: trabajan a gran escala, controlan el transporte y la distribución, y dominan agresivamente la tierra y el trabajo», escribe Dan Koeppel, en su libro Banana: The Fate of the Fruit that Changed the world. «¿El resultado? El plátano cuesta la mitad que las manzanas, y los estadounidenses no se cansan de consumirlo».

Además de hacer una crónica de su despiadado enfoque de la explotación de los trabajadores, el libro de Koeppel explica con gran detalle los esfuerzos realizados por las compañías frutícolas para superar el precio y los factores de perecibilidad del banano, incluida la venta de vastas cantidades de la fruta recolectada el mismo día, para que maduraran al mismo tiempo, y enviándolos a través del océano en contenedores climatizados.

Esa tecnología todavía está en uso, aunque aún más sofisticada, con instalaciones especiales de maduración con control de temperatura que utilizan una mezcla de control de humedad y gas de etileno para asegurarse de que cada envío esté listo.

El informe de Fairtrade International publicado el año pasado trató de determinar el verdadero costo de los bananos, es decir, lo que costaría la fruta si no fuera subsidiada artificialmente por las prácticas ambientales perjudiciales y la explotación de los trabajadores. El estudio realizó docenas de entrevistas con gerentes de plantaciones, trabajadores y pequeños productores en cuatro países clave productores de banano: Colombia, República Dominicana, Ecuador y Perú.

Como era de esperar, el estudio descubrió que el verdadero costo de la producción de banano no se refleja en el precio que pagamos en el supermercado. Los costos sociales externos se relacionaron principalmente con los bajos salarios y la baja seguridad laboral, pero los investigadores también encontraron otros problemas relacionados con la producción de bananas, incluidos el trabajo infantil, el acoso y las lesiones laborales.

El estudio también utilizó datos de las bases de datos Ecoinvent y World Food LCA, entre otras fuentes, para determinar los costos ambientales de producción, costos que podrían compensarse y evitarse si más dinero regresara a las granjas. Esos costos incluyeron la pérdida de biodiversidad, la contaminación del agua y la contribución al cambio climático. Esto podrá compensarse utilizando una variedad de prácticas, desde la labranza del suelo al final de cada ciclo de cultivo y la reducción de pesticidas con rociado aéreo, hasta la construcción de infraestructura para el drenaje adecuado. Pero todos esos enfoques cuestan dinero.

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«[El banano] es el segundo cultivo más nocivo después del algodón, y sigue siendo una mezcla cada vez más tóxica de insecticidas, fungicidas, herbicidas y otras elementos que se utilizan en la producción de bananos para mantenerlos desinfectados», dice Vitello, presidenta de productos de Equal Exchange.

“El costo humano de los trabajadores en una situación como esa con muy poco poder para organizarse o representarse a sí mismos, todo eso va absolutamente de la mano con el bajo precio. Increíblemente, ni siquiera se necesitaría tanto aumento de precio para tener un efecto enormemente beneficioso sobre las personas y el costo de producción y el medio ambiente».

El bajo costo tiende a dar a los productos un aire de invisibilidad. Solo cuando una compra realmente nos cuesta empezamos a mirar más de cerca y a hacernos preguntas más amplias. Y el costo singularmente bajo de las bananas ha logrado que nadie lo cuestione. Esa distancia se ha visto exacerbada por la industria bananera, que logró crear una mítica cadena de suministro, hace ya unos cuantos años, y ha continuado, a través de precios agresivos, permitiendo a los consumidores estadounidenses colocar racimos en sus carros de compras si ningún tipo de reparo.

«Es simplemente una especie de fruta plástica amarilla que está en las estanterías 52 semanas del año, y nadie habla nunca de dónde se cultiva, o de la gente que está involucrada en su producción», dice Vitello. “Solo piensas que aparece mágicamente, del mismo color, en tus estantes todos los días. Todo está diseñado para que usted no piense en ello. Pero si realmente lo pensaras, encontrarías información bastante desagradable que te haría cuestionar todo al respecto. No hay una historia feliz para contar».