Esta semana se confirmó la triste noticia del cierre de Viluco, el moderno complejo agroindustrial ubicado en Frías, Santiago de Estero, propiedad del Grupo Lucci. Con alrededor de 10 años de antigüedad, las instalaciones permiten el procesamiento de 1 millón de toneladas de soja al año, para convertirse en aceite, harina, biodiesel y alimentos balanceados. Desde la empresa argumentaron que el último cambio de fórmula en el precio del biodiésel – realizado hace unas semanas por la Secretaría de Energía – no les permite cubrir los gastos fijos de la operación, y que los márgenes de molienda se vieron afectados por la quita del diferencial arancelario del 3% que tenían los subproductos de la industria de la molienda, además de las retenciones de $4 por dólar exportado, incremento en los costos logísticos y de las paritarias salariales.

Viluco venía con problemas desde hace algún tiempo. Unas semanas antes de los cambios en las reglas de juego de la cartera que maneja Lopetegui, había decidido suspender las operaciones de crushing y quedarse solo con el negocio de biodiesel, trayendo el aceite de Rosario. Ni la planta de crushing, ni la de biocombustible lograron trabajar en el régimen de su capacidad nominal: unas 3 mil toneladas de molienda de soja por día y 200 mil toneladas anuales del combustible derivado de soja. En industrias tan competitivas como la molienda, esto te deja fuera de combate.

En este proyecto, el Grupo Lucci invirtió unos cuantos millones de dólares apostando al desarrollo de la ganadería en el norte, que traicionaría la demande de proteína de soja; y al aumento de la demanda biodiesel en el mercado interno. Por distintos motivos, ambas situaciones no se dieron, y más allá que algunos analistas creen que el proyecto estuvo sobredimensionado, vale la pena analizar el caso desde una perspectiva más amplia.

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El Grupo Lucci cuenta con actividades agroindustriales en todo el norte argentino. Su caballito de batalla es Citrusvil, una empresa dedicada a la producción y exportación de limones y jugo de limón. Posee en Tucumán una fabulosa planta de empaque y más de 7 mil hectáreas de plantaciones de limones. Es también uno de los mayores productores independientes (que no posee ingenio) de caña de azúcar y cuenta con la mayor superficie de riego por goteo subterráneo, una técnica que permite una eficiencia del 90% en el uso de agua. Además, es un fuerte productor ganadero, tanto en cría, como engorde. Por lo tanto, Viluco no ha sido una empresa que ha improvisado en la actividad agroindustrial.

Dejando de lado el cambio en las reglas de juego que se dieron en la política de biocombustibles, no porque no hayan impactado negativamente en este proyecto, sino porque ya hemos hablado mucho en este espacio y la propuesta es enfocarme en otra perspectiva. Mientras Viluco anunciaba el cierre, el Ministro de Transporte de la Nación, Guillermo Dietrich enviaba una serie de twitts recorriendo junto a otros funcionarios las megaobras que se están realizando en la Ciudad de Buenos Aires. Al cruce le salió Gonzalo Saglione, Ministro de Economía de Santa Fe, reclamándole más federalismo. Su argumento es que esas obras se llevaban a cabo con el aporte de las retenciones a la exportación de productos santafesinos. El reclamo de Saglione suena legítimo, sobre todo cuando uno compara el avance de las obras porteñas con las del resto del país. Alcanza con tomar de ejemplo el Plan Belgrano, que nació siendo un ministerio y prometía inversiones por U$S 16 mil millones. El ministerio no existe más, ahora depende de Jefatura de Gabinete, y los avances son mínimos frente a los anunciados.

A quien escribe estas líneas le toca de cerca el caso de la Ruta Nacional 7. Las obras de la autopista que iba a llegar a Junín no avanzan a la celeridad de las obras de CABA y hasta se encuentran paralizadas en algunos tramos, como el desvío de Chacabuco o el tramo entre esta ciudad y Carmen de Areco.

Estas desigualdades terminan provocando a la larga que las obras que no cumplan su función. Cono sucedió, por ejemplo, con el acceso norte la Capital Federal. Hace 30 años, previo a la ejecución de las monumentales obras de ensanchamiento, se tardaban 40 minutos en auto desde San Isidro al centro de la ciudad porteña. Hoy, luego de las obras, el tiempo que se tarda en hacer el mismo recorrido es el doble y además está el cargo de los peajes. Son 3 millones de habitantes que todos los días ingresas a CABA por los diferentes accesos. La gran mayoría va a trabajar en un radio de 20 manzanas, a los que se le suman otros cuantos que no necesitan cruzar la General Paz. La pregunta es hasta donde vale la pena la asignación de recursos escaso en esta zona para seguir fomentando la concentración, o si es preferible priorizar dotar a otras regiones de infraestructura para que la gente elija vivir allí.

Teniendo en cuenta que la agroindustria es por lejos la principal actividad del interior, y que aporta $4 por cada dólar exportado (excepto la cadena de la soja que tiene 18% adicional sobre su valor FOB), un 33% más de los $3 por dólar exportado que le caben a las otras industrias, habría que preguntarse también si el reparto de obras no resulta discriminatorio.

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En un intercambio a través de redes sociales que tuve con el diputado Vilallonga quedó expuesta esta mirada unitaria que tienen varios funcionarios. El legislador porteño viene impulsando la incorporación de ónmibus eléctricos en la ciudad de Buenos Aires. Esto requiere de una infraestructura enorme y no aporta beneficios ambientales significativos. La electricidad con la que se van a alimentar esos ómnibus, es mayoritariamente de origen fósil, porque así lo es nuestra matriz energética. Comparto que es muy bueno reducir las emisiones, pero la forma inmediata y más económica es utilizando biocombustibles. Increíblemente Vilallonga se opone a esta medida, argumentando que las bioenergías deben ser solo para casos específicos. El diputado debe desconocer los trabajos de INTA (el de biodiesel fue convalidado por la Unión Europea y permitió que Argentina pueda exportarle al bloque) que muestran que los biocombustibles reducen entre 70% y 80% las emisiones de gases de efecto invernadero. Un valor que ningún vehículo eléctrico puede alcanzar, aún con cargando sus baterías con electricidad renovable. Ni hablar en Argentina, donde aún hay poca penetración aún de energías renovables. El diputado debe desconocer también el aporte de los biocombustibles en las economías del interior. ¿Sabrá que allí se originan los fondos para realizar estas obras?

Nadie debe dudar que una mayor infraestructura potencia una región. El círculo virtuoso del desarrollo genera nuevas y más oportunidades, mayores ingresos en la población locales que traccionan una mayor demanda de bienes y servicios. Este es uno de los pilares de la bioeconomía. Va a llegar el día en que Argentina entienda la necesidad de ser un país federal, porque no hay otro camino si queremos ser un país productivo. Ese día las calderas de Viluco se encenderán y 200 personas podrán volver a sonreír.