El lunes pasado ha sido un día histórico para Argentina. Se cumplieron 45 años del nacimiento de Ariel Ortega -uno de los grandes ídolos futbolísticos de quien escribe estas líneas. Nació un 4 de marzo de 1974, nada menos que en General San Martín, Jujuy. Justo ahí, donde la biomasa de la caña de azúcar se convierte en alimento, combustible, energía eléctrica, fertilizante biológico y papel.  Así como el fútbol brillo con la gambeta del “Burrito”, la bioeconomía lo hace con el sector cañero.

Y el mismo lunes, durante unos cuantos minutos, se llegó a cubrir el 7% de la demanda eléctrica nacional con fuentes renovables. Un dato que inmediatamente fue recogido y promocionado en las redes sociales por funcionarios del gabinete de energía y legisladores oficialistas. Ayudó que el día fue feriado y estuvo fresco, manteniendo el consumo relativamente bajo permitiendo a los casi 1.000 MW renovables alcanzar dicha participación. En el mix, la energía eólica aporto la mayor parte con casi 600 MW, mientras que la solar estuvo algo por encima de los 200 MW, 170 MW aproximadamente aportó la mini-hidroeléctrica y los 35 MW restantes corresponden a biomasa.

La hidráulica y la biomasa son fuentes bastante estables. Suelen tener cierta variabilidad estacional durante el año, ya sea en el primer caso por el caudal de los ríos y en el segundo por la disponibilidad de biomasa. En el caso de solar alcanza sus picos de generación en los horarios cercanos al mediodía y los máximos rendimientos durante el verano. Por el contrario, la eólica es la de mayor variabilidad horaria., pero a su vez la de mayor capacidad instalada en nuestro país, con más de 800 MW. Es quien permite, cuando Eolo dispone, alcanzar los valores cercanos a los 1000 MW totales.

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Aún el 7% alcanzado el lunes, se encuentra lejos del 9% que debe lograrse antes de fin de año, de acuerdo con lo establecido en la Ley 27.191. Mucho más cuando se considera que el promedio de la generación renovables se ubica en torno a los 500 MW, en torno al 3% de la generación nacional. El dato alentador es que en el transcurso del año se inaugurarán más de una central renovable por semana, por lo que es esperable que la porción de la torta de generación se vuelva un poco más verde.

Mientras tanto, los biocombustibles continúan aportando energía renovable al sistema energético nacional por valores netos mucho mayores al de estas fuentes. Algo que viene sucediendo desde hace unos cuantos años. El hecho que lo hagan en forma de combustibles líquidos, y no de electrones, no debe quitarle mérito. Por el contrario, esto debe resaltarse ya la sustitución por fuentes fósiles se da en las ciudades, justo allí, donde respira el ciudadano de a pie.

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¡Y podría ser mucho más! Hay capacidad ociosa en la industria de biodiesel. Para colmo los cupos que últimamente viene otorgando la cartera de energía, en forma inexplicable, no alcanzan para llegar al 10% de la demanda de gasoil que exige la Ley. Por el lado de la industria de bioetanol, la misma está ávida de seguir invirtiendo. A pesar de las condiciones que se encuentra el país, el año pasado la industria del biocombustible derivado de maíz realizó inversiones por más de U$S 80 millones para ampliar sus plantas. Lo propio sucedió en el sector cañero, donde se está apuntando también a generar energía a partir de efluentes o subproductos.

Más allá de lo bueno que es contar con una matriz eléctrica renovable, no debemos perder de vista el silencioso y extraordinario aporte que vienen haciendo los biocombustibles en la movilidad sustentable.

Los millennials sostienen que lo que no pasa en las redes sociales no existe. Aunque no tengan su tweet, los biocombustibles, por lejos, son el principal aporte a las energías renovables de nuestro país.