Hace poco más de 7 meses, el reconocido economista y sociólogo estadounidense, Jeremy Rifkin brindó en Rosario una conferencia titulada “La Tercera Revolución Industrial”. Ante la sala repleta del bellísimo teatro El Círculo, alertó sobre las consecuencias fatales del cambio climático y aseguró que el planeta ha ingresado en lo que los científicos llaman la “sexta extinción de los seres vivos”. Destacó que de continuar con estos niveles de emisiones de CO2, en 80 años se habrán extinguido la mitad de las especies con vida de la tierra. Agregó que en las 5 oportunidades anteriores en que la Tierra se quedó sin vida – la última fue hace 75 millones de años – el fenómeno nunca ocurrió con tanta celeridad, como ahora.

El pronóstico de Rifkin, que parece un tanto exagerado y que fue tomado por los oyentes de la sala -entre los que me incluyo- como una especie de llamado de atención para generar conciencia sobre el calentamiento global, tuvo en estos días una serie de fenómenos que merecen, por lo menos, una reflexión.

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En un informe de las Universidades australianas de Sydney y Queensland, que analiza 73 estudios realizados en distintas partes del mundo, muestra que el 41% de las especies de insectos están en decadencia. Los insectos son la base de la alimentación de muchas especies, desde aves, peces y hasta pequeños mamíferos. “Si baja su cantidad, la cantidad de todos lo demás también bajará», aseguran los autores. También cumplen funciones cruciales como la polinización de las plantas o la biodegradación de los residuos. El estudio atribuye las causas a la expansión de la frontera agrícola y al cambio climático; y en menor medida a la circulación internacional, a especies invasivas y a enfermedades y parásitos. La publicación no es determinante ya que los ciclos de vida de los insectos son muy variados, por lo que resulta muy difícil establecer que tan crítica es esta situación. Sin embargo, lo que debe considerarse con seriedad es la tendencia en alza de la desaparición de especies.

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Recientemente, el Centro de Investigación Climática y Biodiversidad de Senckenberg, en Alemania estudió la vulnerabilidad de más 700 especies animales y vegetales. Sus hallazgos dan cuenta que las plantas son más vulnerables que los animales a los cambios en el clima, pero que la extinción de una especie vegetal puede desencadenar un efecto en cascada sobre ciertos animales. Las especies animales especializadas en interactuar con un reducido grupo de plantas van a sufrir un doble riesgo de desaparición, aseguran los investigadores. Como ejemplo, citan el caso de la abeja Chelostoma Rapunculi, que está directamente afectada debido al cambio climático, pero también por la desaparición de sus principales recursos alimenticios como la campanule.

También a comienzos de esta semana, las autoridades australianas han reconocido oficialmente la desaparición del primer mamífero a causa del cambio climático. Se trata de un roedor oriundo de Branble, un cayo australiano situado muy cerca de Papúa Nueva Guinea. Los estudios indican que la causa de su extinción habría sido la subida del nivel del mar y la mayor frecuencia e intensidad de las tormentas. El «melomys rubicola» habitaba en tan sólo 40.000 metros cuadrados. Esta situación hizo que la especia sea muy vulnerable. En 2009 el gobierno australiano había lanzado un plan nacional para recuperar al roedor, pero los efectos del cambio climático ocurrieron con mayor rapidez de lo que alertaron los científicos.

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Casi todos los grupos ecologistas salieron a cruzar al gobierno australiano por los pocos esfuerzos que llevan adelante para atender la mitigación del cambio climático. El país de los canguros se comprometió a reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero en 26% para el 2030, pero las estimaciones indican que a este ritmo apenas llegarán al 7%. La extinción de melomys rubicola ha reinstalado el debate sobre las contaminantes centrales de carbón, responsables de más del 70% de la electricidad generada en el país.

Las consecuencias del cambio climático están a la vista de todos. Sufrimos sequías e inundaciones con fenómenos más extremos. Para colmo, en 2017 las emisiones de dióxido de carbono volvieron a incrementarse.

Quizás, Rifkin no exageró tanto.