Durante la década pasada se vivió la moda pasajera de los biocombustibles avanzados, donde muchas compañías hicieron afirmaciones que no eran ni remotamente creíbles. Una larga lista de ellas afirmó que podrían convertir en forma económica biomasa como paja o astillas de madera en combustible al costo de un dólar por galón (USD/litro 0.26).  

Robert Rapier, un ingeniero químico vinculado al sector energético, criticó muy duramente, en un artículo publicado por Forbes, la política de subsidios empleada por el gobierno de EEUU hacía estas tecnologías. A continuación se transcriben algunos conceptos.

Los inversores y los contribuyentes financiaron muchos proyectos que estaban destinados a fracasar. Las tecnologías que se abandonaron hace décadas por ser económicamente inviables fueron reflotadas y recibieron fondos de gobiernos para probar una vez más que eran inviables económicamente.  

El etanol celulósico fue probablemente el mayor fracaso. No es barato convertir la paja en etanol, pero las compañías siguen intentándolo. De hecho, el etanol celulósico «comercial» se está vendiendo ahora como combustible, aunque está fuertemente subsidiado a través del Estándar de Combustible Renovable y se produce solo en una pequeña fracción de las cantidades proyectadas. 

Apenas detrás del etanol celulósico vino el boom del biocombustible producido a partir de algas.  

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Es cierto que algunas especies de algas producen aceites que se pueden convertir en combustible. También es cierto que el petróleo crudo se originó a partir de algas y plancton que vivieron hace millones de años, murieron, se hundieron hasta el fondo del océano y finalmente se convirtieron en petróleo.  

Así que la idea de convertir algas en combustible no es errada. Sin embargo, ejecutar este proceso en tiempo real es bastante costoso. Utilizando una analogía podemos ver claramente cual es el problema. Coloque un trozo un periódico en agua. Haga de cuenta que el periódico es el combustible. Obviamente, es inútil tal como está, así que toda el agua debe ser eliminada y el periódico debe estar seco.

Si tiene que hacer esto de forma continua y a gran escala, el motivo de los altos costos se vuelve obvio. El simple hecho de eliminar el agua consume mucha energía, pero luego el aceite debe extraerse de las algas y luego debe ser convertido en combustible.

Eso, sin embargo, no impidió que las compañías dijeran que podían hacerlo económicamente rentable, y por ello buscar (y recibir) fondos gubernamentales para hacerlo. Una por una, estas empresas fueron saliendo del negocio. El año pasado, Greentech Media publicó una extensa lista de estas compañías, algunas de las cuales afirmaron que «un acre de algas podría producir entre 5.000 y 10.000 galones de aceite (casi 50 mil a 100 mil litros por hectárea) por año».  

El artículo de Greentech Media dio una buena visión general de todas las cosas que habían salido mal.  Del mismo modo, la Asociación Nacional de Algas (NAA, por sus siglas en inglés) emitió un comunicado donde destaca el desperdicio de dólares de los contribuyentes en estas iniciativas. 

Un extracto del comunicado dice lo siguiente: 

“En cuanto a la información y la creencia, muchas de estas tecnologías promocionadas no se han podido reproducir fuera del laboratorio en proyectos demostrativos o de escala piloto. En la industria privada, no se tiene el beneficio de investigar nada durante 75 años a un costo de U$S 2.500 millones, pero se ha permitido que esto suceda a partir de los fondos de los contribuyentes de EEUU. Las opiniones de todos, excepto los beneficiarios de las subvenciones, son que el programa ha sido una pérdida de tiempo y de dinero de los contribuyentes y que se tardó una década o más para juzgarlo» 

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El comunicado proporcionó ejemplos específicos, tales como:  

“Luego de que se otorgara un premio de U$S 50 millones, una compañía se acercó al USDA solicitando otros U$S 40 millones para investigar los problemas de contaminación que estaban experimentando en los estanques cuando toda la industria sabía que esto sucedía. El USDA rechazó la solicitud de la compañía porque consideraba que la empresa debería haber abordado sus problemas de contaminación antes de aceptar los U$S 50 millones en fondos del DOE, y que el DOE sabía que la contaminación era un problema inherente en los estanques. El USDA no iba a ayudar a solucionar un problema que el DOE conocía cuando otorgó el subsidio. Esa compañía ya no existe, sus activos fueron liquidados o enterrados, y sus funcionarios no fueron responsabilizados por nada».  

El comunicado finalmente resaltó lo que fue el principal motivo del fracaso:  

La enorme curva de aprendizaje entre lo que ocurre en un laboratorio y la producción comercial es algo con lo que los investigadores no tienen experiencia». 

Sin embargo, eso es solo la mitad del problema. Investigadores ingenuos pidieron dinero para tecnologías que nunca serán comercialmente viables. Pero entonces, alguien dentro del gobierno debería haber hecho un mejor trabajo en la evaluación de los subsidios antes de derrochar los dólares de los contribuyentes en estas tecnologías.