La última estación del tour lechero por Nueva Zelanda nos traslada a la Isla Norte nuevamente. Más precisamente a Bunnythorpe, en la región de Manawatu. Allí visitamos un moderno tambo de 200 vacas sobre un campo de 80 hectáreas.

Greg Gemmel, es quien se ocupa prácticamente de todas las actividades. Lo ayuda su esposa Amy en sus ratos libres, ya que trabaja como maestra. Pero no están solos. Cuentan con la colaboración de operarios de lujos. Tres robots Lely Astronaut A4, traídos de Holanda y configurados a la medida de la granja de los Gemmel.

Los padres de Amy compraron la granja hace más de 30 años. Hace unos 15 años, Greg y Amy se hicieron cargo de la explotación bajo la modalidad “herd owned sharemilkers”, un sistema asociativo en el que el propietario de las vacas y de la explotación cede la operación a un tercero, recibiendo la mitad de la facturación de la leche en concepto de alquiler. El encargado se hace cargo de todos los gastos operativos y a cambio recibe la otra mitad de la facturación en leche y será el dueño de las crías de las vacas. Esta modalidad es muy común en Nueva Zelanda.

Greg cuenta que la idea de comprar los robots se le ocurrió a Brian -el padre de Amy- hace tres años. “Fue luego que visitara un tambo automatizado orgánico en Auckland. No le costó mucho convencerme”, afirma. “Pasé 25 años en una fosa e inmediatamente pensé que pasar otros 20 no iba a ser saludable”.

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Cada robot les costó unos USD 250 mil, pero con la obra civil y las instalaciones accesorias, la inversión fue de más de un millón de dólares. Cada uno puede ordeñar entre 70 y 80 vacas. El sistema está listo para instalar un cuarto cuando se necesite.

“La adaptación de las vacas fue mucho más fácil y rápida de lo que pensamos”, destaca. “Y los resultados se vieron casi en forma inmediata. Producimos un 20% más de leche y el pasto nos rinde mucho más”, cuenta Greg con pasión. Pero no sólo los resultados son económicos. “Antes solo veía patas y ubres, ahora disfruto de verles las caras a las vacas. Además, tengo más tiempo libre para compartir mis hijos”.

El sistema informático registra una gran cantidad de datos. Entre ellos el recuento de células somáticas, proteína, grasa, temperatura de la leche individualizada por cada pezón de cada vaca.

El sistema de ordeñe voluntario permite que las vacas del corral vayan solas a ordeñarse en el momento que deseen. Pueden hacerlo hasta tres veces por día. Llevan un collar que identifica el animal y registra una gran cantidad de datos que se transmite a una computadora.

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Al acercarse la vaca a la sala de ordeño, una puerta automática se abrirá si corresponde ordeñarse. La vaca ingresa al robot motivada también por el alimento que se le sirve en forma automática en un dispenser. Un brazo automático primero limpiará los pezones y luego conectará las pezoneras a las ubres.

En el momento en que se está ordeñando, un sensor analiza del recuento de células somáticas de cada ubre y alertará al sistema si hay el valor es muy alto. En función de ese valor, la leche se enviará al tanque principal o al de leche de descarte. El robot también mide producción individual, proteína, grasa y temperatura. El collar registra también la temperatura corporal y detecta el momento óptimo para inseminar al vacuno. “Es raro tener vacas enfermas porque este sistema nos alerta muy rápidamente de cualquier problema”, dice Greg.

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El establecimiento funciona con un esquema de rotación de pasturas conocido como A, B, C. Sobre cada uno de estos lotes se arma una parcela diaria y cada 8 horas se abre automáticamente el acceso a una. El diseño del recorrido de una a otra hace que las vacas deban pasar por al lado de la sala de ordeñe. La mayoría elije ordeñarse en este trayecto. Pero como las puertas del piquete de turno nunca se cierran, las que siguieron de largo podrán volver cuando lo deseen. “Este sistema es fantástico para las vaquillonas y las vacas más tímidas, el orden jerárquico no es tan obvio porque pueden ordeñarse cuando los desean”, asegura Greg.

Desde la oficina se puede ver el ordeño.

El establecimiento es uno de los pocos que ha salido del esquema típico de tambos neozelandés (ver Lechería: el modelo neozelandés bajo la lupa). No solo por los robots -que ya hay unos 25 establecimientos en Nueva Zelanda que los han incorporado, sino porque han desdoblado las pariciones entre otoño y primavera para capitalizar el mayor valor de la leche de invierno. “El primer año lo hicimos con el 20% del rodeo, luego pasamos al 30% y ahora tenemos la mitad de las pariciones en otoño y la mitad en primavera. El precio de la leche de hoy (noviembre) es de 6 dólares australianos por kilogramo de sólidos y en baja, mientras que en julio fue de 9,50. El manejo no es sencillo, requiere de una buena dosis de suplementación. Tenemos que conservar el pasto para la primavera, pero la diferencia de precio es muy grande”, cuenta Greg.

El robot ha cambiado por completo el funcionamiento del establecimiento. Las tareas humanas ahora solo se vinculan al manejo del pasto y al de proveer al sistema de ordeñe de los insumos básicos. Detergentes y alimento fundamentalmente. El resto se hace solo.

Conservar la calidad de los forrajes en Nueva Zelanda es una prioridad. Prácticamente todos los rollos se envuelven en film, en este caso con silopack.

Mayor producción, menores costos, menor esfuerzo físico y menos problemas sanitarios son los resultados. “El robot no comete errores. Si hay algún problema con una vaca, como altas células somáticas o temperatura mayor a la normal, me avisa al celular y enseguida tomamos las acciones necesarias. Los únicos errores que cometemos son humanos, como asignarle al sistema un número de caravana equivocado al collar correspondiente. Pero es soluciona muy fácil”, aclara.