La Comisión Europea (CE) -el organismo ejecutivo del Parlamento Europeo responsable de elaborar las propuestas legislativas y aplicarlas una vez aprobadas por éste y el Consejo Europeo- hace tiempo que le dio la espalda a los biocombustibles convencionales, aquellos obtenidos a partir del procesamiento de granos u oleaginosas. Fijó un corte máximo en la mezcla con combustibles fósiles de 7%, que disminuirá a menos de 4% en 2030.

La CE supone que una mayor demanda de biocombustibles motivará a los productores agrícolas a modificar sus planes de siembra y pasar a producir enormes volúmenes de cereales y oleaginosas, provocando un aumento en las emisiones de gases de efecto invernadero mayor a la disminución aportada por los biocombustibles al reemplazar a sus equivalentes fósiles.

Con este argumento, conocido como cambio indirecto en el uso del suelo (ILUC), la CE no pretende otra cosa que limitar las importaciones de biocombustibles americanos y asiáticos, más competitivos. Vale la pena recordar que en esta situación había caído el biodiesel argentino, y gracias al gran trabajo realizado por Jorge Hilbert y su equipo de INTA y CARBIO -la cámara que nuclea a los exportadores de biodiesel, lograron demostrar que los valores fijados arbitrariamente por la CE para el biodiesel argentino eran erróneos.

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La limitante al uso de biocombustibles convencionales también pega de lleno a la industria europea, que sin éxito viene luchando para eliminar esta barrera. Esto no quiere decir que estén alineados con los países americanos (EEUU, Brasil y Argentina) y asiáticos (Indonesia y Malasia) que quieren colocar su biodiesel y bioetanol en el viejo continente. Como buenos europeos, pretenden que su falta de competitividad sea atendida con la imposición de mayores aranceles que dejen a los productos importados fuera de competencia, o a lo sumo mediante el otorgamiento de mínimas cuotas que no amenacen la oferta de los industriales europeos.

La semana pasada la CE dio otro paso más en la negación que tiene hacía los biocombustibles convencionales. Aprobó un informe que analiza el déficit en la oferta de proteína vegetal en el Viejo Continente y el camino para llegar a una producción sustentable. El documento no tuvo en cuenta las más de 4 millones de burlanda -un alimento de alto contenido proteico utilizado en la ganadería- obtenidas como coproductos de la elaboración de bioetanol. ePure, la organización que nuclea a los industriales europeos de etanol salió en seguida al cruce. Difundió por las redes sociales un video donde describe algunos de los beneficios adicionales que tiene la producción de bioetanol y que, a muchos funcionarios, de ambos lados del Atlántico, les cuesta ver. Por eso vale la pena detenerse y repasarlos.

Por cada tonelada de maíz que ingresa a una refinería de bioetanol se obtiene aproximadamente una tercera parte de alcohol combustible, una de burlanda y otra de dióxido de carbono. Algunas plantas extraen el contenido graso de la burlanda, lo cual genera un producto de aún mayor calidad para la ingesta animal y la posibilidad de elaborar biodiesel con el aceite extraído. Hay plantas que recogen las vinazas livians -un efluente de la destilación de alcohol- y junto con estiércol de las mismas vacas alimentadas con burlanda, se inyectan en un biodigestor para la producción de biogás. Luego, alimentará los generadores que proveerán de la electricidad necesaria para operar la planta, permitiendo exportar a la red pública los excedentes. La materia orgánica resultante del proceso de digestión anaeróbica servirá como fertilizante para la producción de maíz que ingresará a la planta la próxima campaña.

El uso del dióxido de carbono resultante del proceso de fermentación como gasificante en bebidas viene desplazando muy rápidamente al producido a partir de carbono fósil. Está ocurriendo algo similar a lo que pasó con la glicerina en la producción de biodiesel. Antes de la expansión del uso de biodiesel, toda la glicerina se obtenía a partir del petróleo. 20 después, prácticamente toda la glicerina es renovable derivada de aceites vegetales.

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Esta situación quedó expuesta en Inglaterra durante el mundial de Rusia donde se dio un caso insólito (Ver: Mundial, cerveza y etanol). Las refinerías de bioetanol habían elaborado el combustible necesario para cumplir el corte con nafta. Al no tener más a quien venderle, cerraron sus plantas. Por lo tanto, no hubo más producción de CO2. Los ingleses se devoran 40 millones de pintas cada día de partido durante el mundial. El día del encuentro contra Colombia, cadenas de pubs como JD Wetherspoon -con más de 1000 locales- reportaron faltante de cervezas John Smith’s y Strongbow, elaboradas por Heineken, que ante la falta de CO2 tuvo que cerrar sus plantas. Otros gigantes como Coca Cola también informaron de cierres temporales. Grand Pearson, Director Comercial de Ensus, uno de los principales productores de bioetanol del Reino Unido, dijo que si se implentara una política de E10, es decir, cortar la nafta con 10% etanol, el desabastecimiento no se hubiera producido.

En el caso del etanol de caña de azúcar la cosa es bastante parecida. Los ingenios se están convirtiendo en grandes biorrefinerías. La producción de azúcar se integra perfectamente con la producción de etanol. De la molienda de la caña, se hace un aprovechamiento energético de su fibra, que excede ampliamente la demanda eléctrica y calórica de la usina y aporta grandes volúmenes de energía al sistema eléctrico nacional. De la vinaza, un efluente del proceso de destilación de alcohol, se puede obtener energía. Así quedará demostrado con el proyecto Vinaza Cero de los Balcanes que se inaugurará próximamente. Será el primero en el mundo en convertir vinazas en combustible para calderas. Otra variante muy empleada es utilizar la vinaza para elaborar biofertilizantes. De esta forma se le repone al suelo la materia orgánica y algunos minerales que la caña le quita durante su crecimiento. Algunos ingenios han incorporado el uso de otras fuentes de biomasa -como los residuos de cosecha, el orujo, eucaliptus, etc.- para generar aún más energía.

Difícilmente podremos encontrar hoy industrias que tengan tan integrado el concepto de bioeconomía 360 como las refinerías de bioetanol.